Ciudades de Colores. Columna de Margarita Gross, Comunidades y Comunicaciones, Fundación PLADES


El tiempo escribe la historia de las ciudades en sus muros y fachadas. Pero también podemos plasmar esos relatos, ese patrimonio inmaterial, en sus muros y convertirlos en un legado visual visible para las futuras generaciones. Esta forma de registrar nuestra historia colectiva nos acompaña desde hace miles de años, y nos permite conocer los mundos de aquellas comunidades en un lenguaje que supera las barreras del idioma. El siglo XX vio en el muralismo una forma de socializar el arte, llevarlo de los salones a la calle, reivindicando temáticas y rostros que el intelectualismo dejaba fuera. El arte callejero o urbano, como el grafiti y el stencil, son expresiones efímeras, se mueven entre la expresión artística, política y social, en una reclamación del espacio público. Al recorrer la ciudad, vemos que donde haya un muro, habrá alguien que dejó su mensaje.

En Fundación PLADES ya habíamos experimentado con esta idea, al intervenir muros de una escuela y dos juntas vecinales, en un ejercicio de embellecimiento cruzado con acción comunitaria, en alianza con distintos artistas. Este enero recién pasado, esto fue llevado a un punto más alto en el marco del Festival de Arte Urbano de Teatro de Lago, que, en un proceso de rescate histórico de la Cafra, y de búsqueda de la identidad de nuestra comuna, culminó con 2 murales creados por renombrados artistas nacionales, Maida K y Giova, en uno de los muros más centrales de la ciudad, por el que todos pasamos al menos una vez al día. A través de un proceso participativo, donde los vecinos respondían preguntas cómo “Si Frutillar fuera un color, una flor, una persona, ¿cómo sería?” se identificó una imaginería colectiva que habla de nuestros recuerdos e historia, nuestras aspiraciones y sueños, representada en los muros por colores, elementos y rostros que reconocemos como propios.


Cada obra que hagamos o dejamos de hacer tiene el potencial de transformar la ciudad y la vida de sus habitantes. Debemos diseñar con inteligencia y visión aquellas obras que crean ciudades inclusivas, amigables con todos, con las personas en el centro. Podemos elegir qué relato dejar a nuestros descendientes: muros grises, gastados por el clima, o un registro colorido y vibrante de quiénes somos, y trabajar para estar a la altura de esa imagen.